lunes, 24 de octubre de 2016

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Emociones "negativas" y su funcionalidad, ¿para qué me sirven?

“Quiero quitarme la tristeza”; “quiero quitarme la ansiedad”; “quiero quitarme la culpa”; “quiero quitarme la vergüenza”. Es habitual en el campo de la psicología que lleguen a consulta personas con estas demandas, sintiéndose superadas por estas emociones que les están implicando un importante malestar e interferencia en su día a día y con las actividades de su vida diaria. Pero lo cierto es que en general, incluso en personas que no viven esta interferencia en su vida ni se sienten desbordados, existe una extendida aversión o intolerancia hacia las emociones denominadas “negativas”. Mientras que algunos países orientales han normalizado en mayor medida esas emociones “negativas” y se permiten vivir (generando una mejor adaptación y respuesta a la emoción) las sensaciones “desagradables” parece que en nuestra sociedad existe una importante tendencia al “tengo que estar bien” constantemente y de manera instantánea. Si existiese algo que asegurase a la gente que nunca sentirá emociones “negativas” demos por seguro que en cuestión de minutos se agotarían las existencias. Pero… ¿funcionaría bien así nuestra sociedad?

Lo cierto es que esas emociones que tanto tienden a estigmatizarse tienen una función muy útil y tenemos que aprender a tolerarlas, escucharlas y vivirlas de manera normalizada cuando aparecen, ya que en esta vida nos tocará vivirlas en muchas ocasiones. Me explico aquí: es normal estar triste cuando perdemos una amistad, cuando fallece un ser querido, cuando perdemos un empleo. Es normal sentir enfado cuando alguien hace algo que nos perjudica o incluso cuando nosotros hacemos algo que no debemos y nos enfadamos con nosotros mismos. Es normal sentir vergüenza cuando hacemos algo que no estaría aceptado en nuestra sociedad y puede generar rechazo hacia nosotros mismos (o que pensamos que es así, ya que en todo momento tendrá un papel crucial la concepción que nosotros tengamos; la objetividad pura no estará y siempre va a tener una importante mediación nuestra interpretación del entorno). Es normal sentir algo de ansiedad cuando tenemos una entrevista de trabajo  o cuando nos enfrentamos a una situación completamente nueva para nosotros. Y normal sentir miedo cuando nos enfrentamos a algo que podría ser peligroso para nuestra vida (ya sea a nivel físico, o que pueda afectar a nuestro estilo de vida y bienestar). Y además de considerar el hecho de que es normal, debemos tener en cuenta que también es funcional.

Estar tristes puede llevarnos a buscar apoyo en nuestros seres queridos y fortalecer relaciones de confianza mutua; además, por otro lado, estimula una reflexión profunda que nos puede ayudar a superar eventos vitales. El enfado, si lo gestionamos adecuadamente, puede llevarnos a examinar qué es lo que ha ocurrido para poder plantear soluciones a la situación que lo genera o incluso darnos cuenta de algo sobre nosotros mismos cuando está enmascarando nuestros miedos. Sentir vergüenza en determinadas situaciones puede ayudarnos a moldear nuestro comportamiento dada la importante implicación que tiene en el modelamiento de nuestros patrones relacionales con los demás. De manera similar, la culpa puede decirnos cuándo hemos podido actuar de manera incorrecta y movernos a plantear una solución o disculparnos, ayudando a mantener relaciones positivas y sanas. La ansiedad podría ayudarnos a prepararnos una entrevista de trabajo por esa pequeña “presión” y hacerla mejor de lo que nosotros creíamos. Y por último el miedo, históricamente nos ha ayudado a sobrevivir. Además, sea como sea ansiedad y miedo nos proporcionan un increíble “chute” de energía que puede sernos útil. Por ende, vemos que esas emociones tan “desagradables” parecen tener una función lógica en nosotros como seres humanos y sociables. Nos ayudan a relacionarnos y a gestionarnos a nosotros mismos, a tomar una dirección. En general, las emociones negativas nos hacen centrar nuestra atención en aspectos sobre nosotros mismos, nuestra vida o nuestras relaciones. Y esto en realidad no tiene nada de negativo, ya que focalizar la atención en aquello que no va bien puede permitirnos identificarlo para comenzar a poner en marcha mecanismos de búsqueda y aplicación de soluciones.

Las emociones que sintamos ante diferentes situaciones variarán por supuesto en cada persona, lo que no quiere decir que sean incorrectas en unas y correctas en otras. Que una persona se sienta de determinada manera frente a determinada situación es válido en tanto que lo vive así, por su historia personal y forma de ser, y si lo acepta y gestiona eficientemente no habrá problema alguno. Ahora bien, esa visión tan negativista y actitud de rechazo que parece que tendemos a profesar hacia las emociones negativas favorece una muy baja tolerancia hacia estas emociones y una gestión poco eficiente. Incluso, en relación con esto, concepciones de género sobre qué emociones pueden y no pueden tener hombres y mujeres (algo completamente irreal, ya que todos sienten todas las emociones y tienen derecho a expresarlas) tiene un papel importante aquí. De esta manera, favorecerá que estas emociones “negativas” pero útiles se tornen disfuncionales. Aprender a normalizarlas y a aceptarlas ayudará a vivirlas mientras hay que vivirlas, forman parte de la vida. Y gestionarlas y vivirlas “cuando toca” nos permitirá que no queden mantenidas o enquistadas. Por ejemplo con la tristeza, está bien estar triste en ocasiones. Si cuando lo estamos nos permitimos estarlo, lo expresamos, lloramos… Estamos gestionando esta tristeza, y al tiempo se desvanecerá para dejar paso a otras emociones. En cambio no tolerarla e intentar reprimirla hará que vuelva a la carga y con más fuerza. Podrá quedar enmascarada bajo otras emociones intensas como la ira, pero tarde o temprano volverá a nosotros.

Partiendo de la normatividad de las emociones negativas, debemos tener en cuenta que es cierto que en algunas ocasiones las emociones pueden no surgir en el momento adecuado, que son mucho más complejas de lo que describimos anteriormente y que pueden aparecer patrones disfuncionales. La tristeza extrema puede dar la sensación de paralizar, a veces puede aparecer la culpa debida a cogniciones distorsionadas en situaciones en las que no es realista sentirla (por ejemplo una persona que ha sufrido bullying o maltrato y se siente culpable porque atribuye a sí mismo algo que no debería). A veces cuesta mucho identificar y comprender las emociones negativas y en ocasiones nos pueden desbordar. Es en estos momentos cuando la ayuda profesional sería necesaria, para gestionar aquello que se “sale de la norma” pero que dada la historia personal de cada uno es comprensible y lógico que aparezca. Para posteriormente, poder vivir las emociones negativas con la normalidad y función que tienen pero sin que generen interferencia en nuestro día a día.

Si crees que podrías necesitar aprender a comprenderte y gestionarte mejor emocionalmente,  no dudes en ponerte en contacto con nosotros y te orientaremos de la mejor forma posible.  
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